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Estos emprendedores lograron conciliar negocio y sustentabilidad

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Las empresas verdes o con conciencia social se enfrentan al reto de balancear sus valores con la rentabilidad económica y a la existencia de pocos fondos especializados de inversión.

Yusef Jacobs cursaba el tercer semestre de Ingeniería Física cuando tuvo la idea de crear Vitaluz, un servicio de electricidad sustentable para hogares de escasos recursos sin acceso a la misma. “Construí un prototipo muy feo en una caja de galletas sólo para ver si funcionaba”, cuenta el joven de 23 años. Este proyecto le bastó para ganar concursos y volverse un negocio atractivo sin haber generado resultados tangibles. En la mente de Jacobs la filosofía era “salvar al mundo”, pero no fue suficiente.

Para poder ayudar al mayor número posible de personas y lograr un impacto, debía transformar su idea en un negocio rentable y escalable, un requisito que le hizo ver New Ventures, la aceleradora que impulsa emprendimientos sociales y ambientales y que lo acogió en 2015. “Me tuve que enfocar mucho en el ROI (retorno de inversión), en el crecimiento y en mis flujos”, explica.

Éste es el mayor reto que suelen afrontar los emprendedores de giro verde, asegura la profesora de Emprendimiento de la Escuela de Negocios Warwick, en Reino Unido, Deniz Ucbasaran. En el estudio Balancing ‘What Matters to Me’ With ‘What Matters to Them’: Exploring the Legitimation Process of Enviromental Entrepreneurs, que elaboró junto con la académica Isobel O’Neil, de la Escuela de Negocios de Nottingham, la experta explica que el principal problema radica en asegurar la sostenibilidad financiera de la empresa.

“No importa cuán maravilloso sea el producto o el servicio, cuando se trata de resolver un problema medioambiental es necesario pensar en los ingresos y costos para que el negocio pueda subsistir”, dice Ucbasaran. Para llegar a esta conclusión, analizaron durante cuatro años el desarrollo de seis emprendimientos británicos. La evidencia arrojada en la investigación, pese a ser local, podría extenderse a otros contextos, afirma.

Rentabilidad social

El común denominador desglosa un choque entre los valores del emprendedor y los de los consumidores, clientes e inversionistas; sentimientos de impotencia por la necesidad de inclinar más la balanza hacia el dinero y el miedo de perder el sello ambiental al modificar el modelo de negocio, según las necesidades del mercado.

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Un error habitual es que su orientación ambiental los orilla a tratar el negocio como una ONG que vive del subsidio y eso no es sostenible, afirma Miguel Duhalt, director de Inversiones de Adobe Capital, el fondo de inversión de New Ventures.

“Se nos acercan proyectos muy interesantes de conservación de bosques o ecoturismo, pero cuando nos sentamos con ellos vemos que no tienen un buen equipo, todo lo hacen de forma artesanal e informal y no tienen idea de qué es un estado financiero. Esto hace que la gran mayoría no pueda levantar capital”, asegura. A los inversionistas les asusta que sea mal gastado sólo por la idea de “salvar al mundo”.

Balancear su mentalidad e insertarles las habilidades de negocio necesarias es básico. “Es nuestro pan de cada día”, dice Duhalt. Otro factor que pudiera estar ligado a la poca atracción de los inversionistas es la existencia en menor grado de fondos especializados en este tipo de emprendimientos.

“Seguimos teniendo los emprendedores hippies que buscan salvar al mundo amarrándose a un árbol. Y creo que los necesitamos, pero la gran mayoría de éstos, a nivel global, ya incorpora tecnología, marco legal y alta carga de rentabilidad”, dice Luis Aguirre-Torres, CEO de Green Momentum.

De los más de 5.1 millones de pymes registradas en México, existen 28,774 meramente sustentables, según datos de la firma de inteligencia de mercado, que se centra en la industria de tecnologías limpias y energía en América Latina. El problema en el país, continúa Aguirre-Torres, es que los emprendimientos se basan en el Canvas, un modelo de negocio de 1985 centrado en la generación de ingresos y que no considera el propósito de la creación de la empresa.

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“Nuestro primer análisis siempre será ver si resuelven un problema ambiental, aunque no invertiríamos si no existiera un modelo rentable y sostenible”, dice Duhalt. Adobe Capital se apoya en métodos como el Global Impact Investing Reporting System (GIIRS), un estándar mundial para la medición de impacto. “Tenemos que hacer bien la tarea porque hay que regresarle retornos a los inversionistas”.

Conciencia

Según Aguirre-Torres, desde que el excandidato a la presidencia de Estados Unidos Al Gore promovió en 2006 el documental Una verdad incómoda, el cambio climático tomó un lugar privilegiado en la agenda política y en el ecosistema emprendedor, especialmente en Silicon Valley y Tel Aviv. Esto inclinó a los fondos de capital privado a averiguar si había futuro en el sector verde, pero los retornos no eran tan altos e inmediatos como los que otorgaban otras industrias, como la del software. “Esas empresas sufrieron la falta de inversión especializada”, dice.

Hace 10 años, los fondos lo veían difícil porque no había la conciencia medioambiental actual, coincide Carlos Camacho, CEO de Ecoshell, empresa que fundó en 2007 y que elabora productos desechables y bolsas de basura con plantas, que se biodegradan de 90 a 240 días, frente al plástico y el unicel, que tardan de 500 a 1,500 años.

“Los primeros siete años fue difícil. Hubo interés de los consumidores, pero cuesta trabajo cambiar su modo de pensar. Una cadena de supermercados estaba aferrada a que su mercado no necesitaba ese tipo de productos”, cuenta. “Ahora, la presión social y de las mismas empresas es tal por no hacer daño al ambiente, que la gente se compromete naturalmente”.

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Ecoshell comercializa hoy a través de más de 200 clientes como Superama, Walmart, Chedraui, La Comer, Casa Ley, además de tiendas de conveniencia y pequeñas orgánicas. En su primer año de facturación logró 100,000 pesos, pero en 2015 llegó a los 22 millones, aunque elevar la cifra le costó ocho cambios a su estrategia comercial.

“No porque no hayamos sabido cómo entrarle, sino por flexibilizarnos para que la gente comprara”. Su principal batalla sigue siendo mantener la calidad a precios competitivos, siempre con el valor ecológico. “Si nuestros proveedores no cuidan el medioambiente, no hacemos negocio con ellos”, señala.

La clave del éxito, agrega Aguirre-Torres, también presidente de Cleantech Challenge México, está en desarrollar un modelo de negocio con marco lógico para poder compaginar los valores del emprendedor con el objetivo económico. Ése es el reto en el que trabaja Yusef Jacobs, que transformó la caja de galletas en un sistema de energía solar de prepago.

En siete meses suma 52 instalaciones que dan luz a 244 personas en Hidalgo, Estado de México y la capital del país, que ahorran 412 pesos y 400 kilos de CO2 al mes, en comparación con alternativas como los generadores de diésel. “Hemos formalizado energéticamente a 52 familias”, dice.

El factor a erradicar es la visión a corto plazo, indica Duhalt. “Muchos emprendedores se enfocan en qué va a pasar en un año”, pero si ven el mundo en 10 o 15 encontrarán su estrategia de largo plazo y, por ende, de supervivencia.

Fuente: Expansion

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