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El greenwashing es una práctica de marketing que busca crear una imagen engañosa de responsabilidad ambiental, sin que exista un compromiso real detrás. A partir de septiembre de 2026, nuevas regulaciones europeas prohibirán expresamente muchas de las afirmaciones ambientales genéricas que hoy lo hacen posible.
¿Qué es el greenwashing?
El greenwashing es una práctica de marketing o publicidad que busca crear una imagen ilusoria de responsabilidad ambiental o ecológica. No existe, detrás de esa imagen, un compromiso real que la respalde. En otras palabras, ocurre cuando una organización afirma, de forma consciente, que sus productos, objetivos o políticas son sostenibles, sabiendo que en realidad no lo son.
¿De dónde viene el término greenwashing?
La palabra combina green (verde) con whitewash (blanquear o encubrir), y se popularizó en la década de 1980. El periodista ambientalista estadounidense Jay Westerveld acuñó el término tras observar que ciertos hoteles colocaban carteles pidiendo a los huéspedes reutilizar sus toallas para “preservar la naturaleza”. En realidad, esa medida respondía a un fin comercial: ahorrar en costos de lavandería, sin ninguna relación real con la política ambiental del hotel. Aunque el término nació en los ochenta, el fenómeno ya tenía antecedentes desde el movimiento ecologista de los años sesenta.
Ejemplos de greenwashing
Este tipo de prácticas aparece en distintas industrias, aunque con patrones similares:
- Cambios de imagen sin cambios reales. Algunas empresas de alimentos han adoptado colores, empaques o mensajes “verdes” en su publicidad, mientras continúan comprando insumos vinculados a la deforestación o a prácticas ambientalmente cuestionables en su cadena de suministro.
- “Tarifas verdes” sin respaldo. En el sector energético, algunas compañías se presentan como proveedoras de energía limpia, mientras la mayor parte de su inversión sigue destinada a combustibles fósiles como el carbón o el petróleo.
- Certificaciones inexistentes o engañosas. Productos que aluden a sellos o certificaciones que no existen, que no cumplen realmente, o que solo cubren una parte mínima del proceso productivo.
¿Cómo identificar el greenwashing?
Algunas señales ayudan a detectar cuándo una afirmación ambiental no tiene sustento real:
- Desconfiar de palabras vagas. Términos como “natural” o “100% ecológico”, sin explicación ni evidencia, suelen ser una señal de alerta.
- Cuidado con el color, no con la prueba. Un empaque o etiqueta verde no garantiza nada por sí mismo.
- Exigir evidencia en promesas de impacto. Frases como “comprando esto ayudas a…” deberían venir acompañadas de datos verificables.
- Revisar la letra pequeña. La información relevante suele estar oculta en textos difíciles de encontrar o leer.
- Verificar certificaciones. Buscar si el sello que se menciona realmente existe y si aplica a todo el producto o solo a una parte del proceso.
Regulación contra el greenwashing
El greenwashing ya no es solo un problema de reputación: cada vez más países están legislando en su contra. En la Unión Europea, la Directiva (UE) 2024/825, conocida como directiva de empoderamiento del consumidor para la transición ecológica, entra en vigor el 27 de septiembre de 2026. Esta norma prohíbe las alegaciones ambientales genéricas sin sustento verificable, como “eco”, “verde” o “climáticamente neutro”. También endurece los requisitos para etiquetas y afirmaciones sobre desempeño futuro. Aunque el alcance de esta regulación es europeo, marca una tendencia que otros países y organismos, incluida la ONU, también impulsan a través de normas para frenar esta práctica.
Confianza, la verdadera moneda en juego
El greenwashing erosiona algo más que la reputación de una empresa: debilita la confianza general en los mensajes de sostenibilidad, incluso en los de aquellas organizaciones que sí cumplen lo que prometen. Por eso, distinguir entre un compromiso ambiental real y uno solo de fachada se ha vuelto una habilidad cada vez más necesaria, tanto para consumidores como para inversionistas y reguladores.





