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En el mundo de los negocios, ¿todo tiene que ver con la codicia?

En el mundo de los negocios, ¿todo tiene que ver con la codicia?: Cuando visito las universidades, me preguntan con frecuencia si los estudiantes que buscan empleos en el mundo empresarial son unos vendidos inmorales y avariciosos.

No creo que lo sean, puesto que los negocios pueden ser una fuerza tremendamente importante para el progreso. Pueden serlo, pero por lo general no es así. Además de copos de nieve, en el aire de Davos también hay un debate importante, en el marco del Foro Económico Mundial, sobre la cuestión de que las empresas deben hacer mucho más para beneficiar al 99 por ciento y no solo al uno por ciento: no basta con enriquecer a los accionistas.

Interrumpimos esta columna para incluir un párrafo crítico:

Los magnates siempre dicen preocuparse por lo que más les conviene a las personas comunes y corrientes, al tiempo que las estafan. Los ejecutivos estadounidenses del tabaco han matado a más personas de las que logró asesinar Stalin, y los ejecutivos de la industria farmacéutica que venden opioides de manera imprudente quizá hayan matado al mismo número de personas que los capos colombianos de la droga; no obstante, parece que estos líderes empresariales se conmueven hasta las lágrimas cuando describen el trabajo que hacen.

Sucede que las herramientas empresariales son demasiado importantes para renunciar a ellas. En lo que a mí respecta, la gente más interesante en Davos no son los presidentes ni las celebridades, sino los emprendedores sociales —aquellos que usan las herramientas empresariales para atender problemas sociales—, y su trabajo nos da ejemplos inspiradores de lo que se puede lograr.

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Christopher Mikkelsen trabaja con más de veinte empresas, que incluyen tanto a operadores de teléfonos celulares como a Facebook, para ayudar a refugiados a encontrar a familiares desaparecidos. Su organización, Refunite, en una ocasión ayudó a dos hermanas congolesas a encontrarse tras dieciséis años; resultó que vivían a unos cuantos kilómetros una de la otra en Nairobi.

Refunite ahora está ayudando a más de un millón de refugiados a buscar a familiares desaparecidos. Ya ha ayudado a 40.000 de ellos a ponerse en contacto, y Mikkelsen afirma que esto nunca habría sido posible si la organización solo fuera un grupo de asistencia en lugar de un híbrido que se sirve de redes empresariales.

Sasha Kramer trabaja en Haití para atender dos problemas fundamentales: la falta de baños y la disminución de la fertilidad de la tierra. Su organización, SOIL (por su sigla en inglés), cobra a los consumidores unos cuantos dólares al mes para proveer y dar servicio a baños secos (o baños de compostaje) que convierten los desechos humanos en fertilizante agrícola seguro. El costo es de una tercera parte de lo que costaría la operación de un sistema de drenaje.

Con la escasez mundial de agua, hay un creciente interés en esa metodología y es por eso que Haití podría convertirse en un modelo para otras naciones en el mundo en desarrollo.

En Kenia, Christie Peacock aborda un enorme problema para los agricultores: buena parte de la alimentación, los medicamentos y otros suministros agrícolas en venta son falsos o están por debajo de la norma, incluyendo cerca del 60 por ciento del fertilizante. Cuando los agricultores compran semillas falsas, sus cultivos fracasan y pasan hambre.

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Peacock trabajó anteriormente en el mundo de la asistencia, pero comenta: “Me desilusionó el modelo de la organización no gubernamental”. Así que su empresa, Sidai, es una organización con fines de lucro financiada con capital inicial de la Fundación Bill y Melinda Gates. Ahora presta servicio a 200.000 agricultores kenianos.

Esa es la ventaja de una estrategia empresarial: suele ser más sostenible y escalable que una organización benéfica. Trabajando con los agricultores africanos para mejorar la producción de café, Starbucks ayuda a sacar a más gente de la pobreza que un sinfín de iniciativas de asistencia.

En las grandes corporaciones por lo menos se están dando más conversaciones de las correctas. Laurence Fink, director ejecutivo de la empresa de inversión BlackRock y uno de los más grandes inversionistas del mundo, sacudió a la esfera empresarial la semana pasada con una amenaza implícita de castigar a las empresas mezquinas que “solo buscan el desempeño financiero” sin “contribuir positivamente con la sociedad”.

Estos replanteamientos no se deben a que los magnates sientan remordimientos, sino al simple y llano egoísmo. Los milenials quieren trabajar para empresas éticas, comprar marcas que los hagan sentirse bien e invertir en empresas con responsabilidad social.

Esto puede tener un lado superficial y otro profundo, pero es genuino: hacer el bien ya no se trata de hacer unos cuantos cheques al final del año, como sucedía en mi generación; para muchos jóvenes, es una ética que regula dónde trabajan, compran e invierten.

Los directores ejecutivos me dicen que esto es lo que los obliga a actuar así. Si las empresas protegen a la escoria insaciable, hay consecuencias negativas en el reclutamiento y pierden la guerra para hacerse de talento. Cada vez más, una empresa que ignora los valores sociales pierde valor para el accionista.

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Creo que las mejores industrias para hacer el bien son la jurídica (mediante el trabajo pro bono) y algunas farmacéuticas (mediante los programas de donación de medicamentos). Esto se debe a que hay una métrica que las obliga a rendir cuentas: American Lawyer clasifica a los grandes despachos jurídicos por su trabajo de voluntariado (Jenner & Block encabeza la lista), y el Índice de Acceso a los Medicamentos clasifica las donaciones de la industria farmacéutica (GSK ocupa el primer lugar).

Otras empresas catalogadas como ciudadanos modelo del mundo son Unilever, Starbucks, Whole Foods, Mastercard, así como Danone y Chobani (¿qué sucede con los fabricantes de yogur? ¿Será su cultura?).

Cuando las empresas que tienen cientos de millones de empleados ascienden a las mujeres, luchan por los dreamers, adoptan empaques ecológicos; cuando no solo tienen en mente a los accionistas, sino a la sociedad en general, el impacto puede ser transformador. Pero basta de retórica pura. Es hora de que las empresas pasen del dicho al hecho.

Fuente: NYT Español

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