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Historia y evolución de la RSE: de la filantropía al valor compartido

La responsabilidad social empresarial no nació de un día para otro. Pasó de la caridad puntual de los primeros industriales a convertirse en una estrategia integrada al negocio. Conocer esa evolución, de la filantropía al valor compartido, ayuda a entender hacia dónde se dirige hoy.

¿Cómo ha evolucionado la responsabilidad social empresarial?

La responsabilidad social empresarial evolucionó desde la filantropía, basada en donaciones aisladas, hacia un modelo estratégico integrado en el negocio. Con el tiempo pasó por la formalización del concepto, el debate entre accionistas y grupos de interés, la creación de estándares globales y, finalmente, el valor compartido y los criterios ESG.

A continuación se recorre ese camino por etapas, no para coleccionar fechas, sino para entender cómo cambió la forma en que las empresas conciben su papel en la sociedad.

Los orígenes: la era de la filantropía

Mucho antes de que existiera el término, algunos empresarios ya devolvían parte de su riqueza a la comunidad. Durante los siglos XIX y XX, varios industriales financiaron escuelas, hospitales y bibliotecas movidos por convicciones personales o religiosas. Era la época de la filantropía clásica.

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Sin embargo, aquella generosidad tenía un límite claro: estaba desconectada de la actividad de la empresa. La donación ocurría al final, con las ganancias ya obtenidas, sin importar cómo se habían conseguido. En consecuencia, una compañía podía contaminar o tratar mal a sus trabajadores y, aun así, presumir de filántropa. La buena obra y el negocio caminaban por separado.

El nacimiento de la RSE moderna

El concepto moderno empezó a tomar forma a mediados del siglo XX. Suele señalarse el año 1953, cuando el economista Howard Bowen publicó una obra pionera sobre las responsabilidades sociales del empresario, como el punto de partida de la responsabilidad social empresarial tal como hoy se entiende. Por primera vez se planteó, de forma sistemática, que las decisiones de las empresas debían considerar sus efectos en la sociedad.

A partir de entonces, la idea dejó de ser un gesto voluntario y comenzó a discutirse como una obligación del mundo de los negocios. Aun así, faltaba mucho para que existiera consenso sobre su alcance.

El gran debate: ¿accionistas o grupos de interés?

Las décadas siguientes estuvieron marcadas por una tensión que, en buena medida, sigue viva. En 1970, el economista Milton Friedman defendió una postura influyente: la única responsabilidad social de una empresa es aumentar sus beneficios para los accionistas, siempre dentro de la ley. Según esta visión, ocuparse de causas sociales distraía a la compañía de su verdadero fin.

Catorce años después surgió el contrapeso. En 1984, el filósofo Edward Freeman formuló la teoría de los grupos de interés, según la cual una empresa solo prospera de forma sostenible si atiende de manera equilibrada a todos los actores de su entorno —trabajadores, clientes, proveedores, comunidades y no solo a sus dueños—. Este enfoque abrió la puerta a la responsabilidad social que conocemos hoy y desplazó poco a poco la mirada centrada únicamente en el accionista.

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La institucionalización: estándares y acuerdos globales

Hacia los años noventa, la responsabilidad social dejó de ser solo teoría y empezó a ordenarse en marcos concretos. Varios aportes resultaron clave en esta etapa:

  1. La pirámide de las responsabilidades. En 1991, el profesor Archie Carroll ordenó las obligaciones de una empresa en cuatro niveles: económico, legal, ético y filantrópico. Así quedó claro que lo social no sustituía al negocio, sino que lo complementaba.
  2. El triple balance. En 1994, el concepto de triple resultado popularizó la idea de medir el desempeño en tres frentes: personas, planeta y beneficio.
  3. Los grandes acuerdos internacionales. El Pacto Mundial de las Naciones Unidas reunió a miles de empresas en torno a principios de derechos humanos, trabajo, ambiente y anticorrupción.
  4. Las normas de referencia. Más tarde, la guía ISO 26000 ofreció un lenguaje común sobre qué significa actuar con responsabilidad social.

Con estos cimientos, la responsabilidad social pasó de ser una buena intención a un campo con principios, indicadores y compromisos verificables.

Del gasto a la estrategia: el valor compartido

A pesar de los avances, muchas empresas seguían viendo la responsabilidad social como un costo: algo que restaba a las utilidades. Ese paradigma cambió en 2011, cuando los profesores Michael Porter y Mark Kramer propusieron el valor compartido.

Su idea fue tan simple como poderosa: una empresa puede generar valor económico y, al mismo tiempo, resolver problemas sociales y ambientales, en lugar de elegir entre uno y otro. De ese modo, lo social dejó de ser un apéndice filantrópico para integrarse en el corazón de la estrategia. La diferencia con la etapa inicial es enorme: ya no se trata de donar lo que sobra, sino de hacer negocio de una forma que beneficie a la sociedad.

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De la RSE al ESG: la etapa actual

En los últimos años, la evolución dio un paso más hacia la medición y la rendición de cuentas. La adopción de la Agenda 2030 y los Objetivos de Desarrollo Sostenible ofreció a las organizaciones una hoja de ruta común, mientras que los criterios ASG y ESG llevaron el tema al terreno de los datos y las finanzas.

Hoy, la responsabilidad social ya no se evalúa solo por las buenas intenciones, sino por evidencias verificables y reportes auditables. En esta etapa conviene distinguir conceptos que a menudo se confunden, como muestra el análisis de las diferencias entre RSE, sostenibilidad y ESG. La esencia, no obstante, sigue siendo la misma que hace décadas: que las empresas respondan por su impacto.

Una historia que sigue escribiéndose

El recorrido de la responsabilidad social —de la caridad desconectada al valor compartido y a la medición rigurosa— muestra una dirección clara: cada etapa acercó más lo social al centro de las decisiones empresariales. Lo que empezó como un gesto voluntario al final del proceso es hoy un criterio que atraviesa la estrategia, las finanzas y la reputación. Y la historia no está cerrada: la regulación, la tecnología y las expectativas de la sociedad seguirán moldeando lo que significa ser una empresa responsable. Comprender de dónde viene la RSE, en definitiva, es la mejor manera de anticipar hacia dónde va.

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